Categoría: Política de Movilidad
Se fraguaba en la Red desde hacía semanas, irrumpieron el domingo 15 y conforme avanzaba la semana, fueron copando las portadas y las aperturas de informativos. Los medios conservadores los han criticado con cierta ferocidad, algunos columnistas los han despreciado y la prensa más progresista los ha tratado con algo más de simpatía. La madrileña Puerta del Sol, la barcelonesa Plaza de Cataluña han sido las que han recibido más visitas y más atención, pero desde luego, no hay que dejar de mencionar nuestra Plaza Mayor. Al déspota ilustrado, Carlos III, le ha tocado, tanto en Madrid como en Burgos, convivir con los indignados.
De un tiempo a esta parte, los medios informaban de que para los españoles los políticos eran una preocupación creciente para los españoles y algún comentarista se quejaba del conformismo de la juventud. Ahora que ha surgido el descontento, un descontento organizado, heterogéneo, fresco, algunos opinadores despachan a acampados y manifestantes como perroflautas, botelloneros y porreros. Se les indica que deberían formarse y ponerse a trabajar, cuando la formación es cara y no está valorada, aunque más bien no es formación lo que les falta. También se les exhorta a fundar un partido, como si pudieran contar con los recursos que consiguen los grandes partidos.
Críticas a los partidos, a los bancos, al capital. Todo un puñetazo sobre la mesa por una generación que tiene motivos por los que indignarse. La idea es que la solución a los problemas no llegará necesariamente con la vuelta del Partido Popular a la Moncloa. Al fin y al cabo, el PP, con responsabilidades de gobierno en municipios, provincias y comunidades autónomas, ha incurrido en muchos casos en los mismos errores que ellos achacan al PSOE.
Parece que muchos dirigentes públicos no tienen término medio. Del despilfarro más absoluto a la austeridad forzada. De gastar el dinero en obras faraónicas sin asegurarse antes de su utilidad a poner en cuestión los servicios sociales y ponerle el cartel de “Se vende” al sector público.
Nosotros estamos al tanto de la movilidad urbana sostenible, y desde ese punto de vista, conocemos ejemplos que sonrojarían a ambos partidos. El transporte público es otra pata del cuestionado Estado de bienestar.
Sin ir más lejos, podemos empezar con que en varias ciudades donde el servicio de transporte público se gestiona por concesión, los Consistorios adeudan cantidades millonarias a las concesionarias. En algunos casos, el problema se traslada a los trabajadores, que sufren retrasos en el cobro de los salarios. Según la situación, se acaba derivando en huelgas. El perjudicado de la mala gestión acaba siendo el usuario.
Una de las áreas metropolitanas del país tiene un servicio de transporte metropolitano cuanto menos mejorable. Sin información en la vía pública, información mejorable en los vehículos, y nula en Internet (la entidad pública coordinadora se remite a las concesionarias). Hasta tal punto que Ayuntamientos colindantes con la ciudad principal piden conexión con ésta mediante el servicio urbano capitalino, no a través del metropolitano.
Cambiamos de lugar y de color de partido. El servicio de una ciudad se privatiza y la empresa concesionaria compra nuevos vehículos, manteniendo la decoración anterior a la privatización y sin referencias al concesionario. Poco antes de las elecciones llegan más, sustituyendo a vehículos con siete años de edad, vehículos perfectamente accesibles, pero que el Alcalde en cuestión no duda en calificar de obsoletos.
También tenemos para las empresas privadas. Érase una vez una gran empresa constructora, dirigida por un empresario muy famoso, una constructora que tenía una importante compañía de transporte de viajeros por carretera. En un momento dado, el empresario quiso comprar parte de una eléctrica, y para obtener dinero, le puso el “En venta” a la de autocares. Fue comprada por otra gran empresa de autocares de línea, en cierto modo, rival tradicional.
El resultado fue claro: de ser una empresa con un servicio exquisito y detallado, pasó a la vulgaridad. De vehículos impecables, uniformes elegantes, billetes expedidos sobre tarjetas con papel de calca se pasó a autocares abollados o con manchas, vulgares polos y billetes impresos en papel de ticket de supermercado. Abuso de refuerzos, peor calidad de los vehículos de refuerzo, tablillas chapuceras y toda una serie de pérdidas de calidad del servicio. Se nos puede decir que nos quejamos por meros lujos. Sí, es cierto. Pero si antes disfrutábamos de esos lujos, lo propio sería que la nueva empresa los ofreciera, porque el precio del billete no ha bajado.
Menor calidad al usuario por el mismo precio. Si le añadimos peores condiciones laborales, salta a la vista que esa operación de mercado está causando unos cuantos inconvenientes.
Por finalizar, se puede discutir los métodos de los acampados, incluso de algunas consignas, pero sería miope no ver que existen motivos para dar un toque de atención a los grandes partidos y las empresas. Los dirigentes públicos deberían tomar buena nota, del mismo modo que no deberían ignorar los votos nulos y en blanco. Necesitamos una democracia de mejor calidad y una mejor gestión; ni despilfarros en las épocas de bonanza, ni perjuicios a los servicios públicos durante las crisis.